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TACANDE
Romo estaba demasiado vivo
Los habitantes de tacande veían cómo su inquietud siempre iba en aumento conforme se hacía mayor.
Su perdición fue conocer al amor de su vida.

Fragmento_ El zorrocloco
(...) –Hay que cuidar al zorrocloco –le respondí–. «¡Oscuros designios se ciernen sobre la vida del recién nacido! », decían las viejas comadronas. Romualdo no entendía de dichos de partera, de zorros ni de zarandajas, pero se dejaba mimar de buen grado, como si jamás hubiera recibido atenciones de nadie. El hombre no solo se sometía al trato considerado, también aceptaba un emplasto o cualquier otra inclemencia tibia sobre su cabeza atormentada. –Con su permiso… vamos a ocuparnos de usted como si fuera un obispo –le dijo a Romualdo una beata de confianza. (...)

Fragmento_ Amor de buena mañana
(...) Mientras recuperaba el tino Romualdo se preguntó cómo podía haber visto antes a aquella criatura, sin que a su mirada se le revelara la hembra cerrera que llevaba dentro. La presencia de la muchacha sugería la fresca espesura de una arboleda poco transitada; su figura lucía esa fastuosidad de selva húmeda que nadie ve y nadie olvida cuando ha reparado en ella. Movido por un impulso irrefrenable, Romualdo se ajustó los pantalones a la cintura, se atusó el cabello y se dejó arrastrar por una atracción desconocida hasta entonces. (...)