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La hija de Facundo Rocío era una joven de lindura insustancial, semblante relajado y atmósfera de tonalidades suaves. Cuando reparó en ella Romualdo olvidó a las mujeres que apenas recordaba y a su esposa más que a ninguna. Pese a la inconsistencia de sus hechuras, Angelita abanderaba unos encantos tan delicados, que su primor ensombrecía las bellezas más afamadas de Tacande. Su talle semejaba el de una abeja alimentada con polen de retamas; su voz apenas se dejaba oír, como no fuera envuelta en alguna tonada; su mirada rezumaba la verde quietud de un estanque de aguas mansas. Angelita vivía con su padre ciego, rodeada de una familia de gatos indolentes y un rebaño de cabras. La mujer veía transcurrir las horas de la mañana al amparo de una casa destartalada, cuyos muros se alzaban sin pretensiones entre frutales, colmenas viajeras y un palomar.
Un día al amanecer, camino de la sorriba, Romualdo oyó una voz aniñada entonando una habanera. Por momentos la alborada se llenó de luz, los pájaros enmudecieron y hasta la brisa se quedó sin aire. Hechizado por la melodía, Romualdo olvidó su rumbo y se quedó alelado como quien escucha la voz incierta de un ángel. La joven se movía entre unos aguacateros con una palangana de ropa entre las manos.
– ¡Buenas mañanas! –saludó Angelita.
– ¡Muy buenas! –respondió él, con los ojos clavados en los pechos de la mujer, ajeno a la bonanza de la mañana.
Mientras recuperaba el tino Romualdo se preguntó cómo podía haber visto antes a aquella criatura, sin que a su mirada se le revelara la hembra cerrera que llevaba dentro. La presencia de la muchacha sugería la fresca espesura de una arboleda poco transitada; su figura lucía esa fastuosidad de selva húmeda que nadie ve y nadie olvida cuando ha reparado en ella. Movido por un impulso irrefrenable, Romualdo se ajustó los pantalones a la cintura, se atusó el cabello y se dejó arrastrar por una atracción desconocida hasta entonces.
– ¡Cuánta hermosura! –dijo entre dientes–. A tu paso deberían inclinarse las flores del pedregal.
Como en los labios de la muchacha se dibujaba una sonrisa, él insistió en el halago.
– ¡Donde pisan tus pies, las piedras deberían convertirse en alfombras! –dijo.
– ¿Cómo las del Corpus Christi? –inquirió ella con expresión inocente.
« ¡Qué sé yo! Si te gustan las flores, desnúdate y te haré sentir que flotas sobre un lecho de hortensias», habría respondido el galán, de no haber enmudecido a causa del pasmo.
Mientras Romualdo, atolondrado, se deshacía en cumplidos, María de los Ángeles escuchaba sus requiebros sin asomo de vanidad.
–Nadie me había dedicado unas palabras tan amables –dijo ella, arrobada.
–Ni tan merecidas –añadió él, ufano.
Desde aquel instante Romualdo se entregó en cuerpo y alma a la tarea de cultivar los favores de Angelita Rocío, a decir de las comadres, la mujer más vistosa de Tacande.
Empeñado en cosechar más temprano que tarde las golosinas del amor, el hombre se aplicaba a diario con ademanes de galán y mañas de seductor. Cada mañana visitaba a María de los Ángeles, la abrumaba con halagos y la desnudaba con mirada de amante primerizo. Jamás tenía atenciones con ella, pero cuando la contemplaba lo hacía con la querencia del jardinero que cultiva pensamientos en un prado de malas hierbas.
Al amanecer la voz de Angelita se adelantaba al canto de los gallos. Cuando las primeras luces se derramaban sobre el valle, ella ya andaba trajinando entre el colmenar, rodeada de abejas zumbonas. Igual que el sol madrugador, Romualdo se dejaba ver a diario antes de que las obreras salieran a libar flores de retama. Mientras él subía la lomada, la joven lo esperaba llenando tarros de miel y entonando boleros a media voz. Antes de darle los buenos días, Romualdo se queda embelesado contemplando su ir y venir distraído, como si temiera que aquella ensoñación se fuera a desvanecer al paso de unas palabras.
–¡Qué mañana tan radiante! –saludaba ella cuando reparaba en su presencia.
–¡Hermosa! –asentía él, indiferente a la serena belleza de las horas tempranas.
Mientras la muchacha andaba ocupaba en sus quehaceres, Romualdo la sorprendía con galanterías cada vez más atrevidas. A medida que el hombre entraba en confianza, a ella se le encendía cierto rubor, el cabello cobrizo se le volvía bermejo y la voz se le enriquecía con cadencias nuevas.
Cuando Angelita descubrió el dulce arremangado del amor, no solo perdió el gusto por la miel, también perdió la voz y dejó de cantar. María de los Ángeles entonó el último bolero en una mañana soleada de abril. Andaba ella entretenida regando unos rosales, cuando vio llegar a Romualdo. El hombre se acercó con ademán campechano, le dio las buenas horas y la miró de arriba abajo, con la sonrisa golfa del niño que urde alguna maldad. Mientras la contemplaba se mostraba poco hablador, no se prodigaba en zalamerías ni sufría el ansia del pescador, esa premura de quién ve el pez en el anzuelo antes de echar la caña. El galán traía la intención madura y Angelita lo sabía.
En tanto la mujer endulzaba unas torrijas, Romualdo la abordó con determinación de fusilero y la aprisionó entre sus brazos. Cuando ella aún no había abierto la boca, él la desnudó y la hizo callar para siempre. Mientras se desmigajaba de goce entre los brazos del señor, Angelita arrancó un grito tan desmedido que espantó a los pájaros, silenció a los gallos y despertó unos ecos que retumbaron en el valle durante dos días y tres noches. Al tercer día el alba se llenó de trinos, las abejas se arremolinaron en nubes negras y los pollos arrancaron cantos a media mañana. María de los Ángeles, sin embargo, ya no volvió a entonar una habanera ni un bolero ni un tarareo siquiera.
La callada de Angelita desató un silencio tan clamoroso en el valle, que su mudez pronto se convirtió en la comidilla de todo Tacande. Entre aromas de café las comadres ociosas departían a media voz, reían y comentaban las nuevas que flotaban en el aire:
– ¡Vaya! ¡Con lo bien que cantaba la hija de Facundo!
– ¡Qué pena! Parece que los días amanecen sin color. Ya no se oye ni el canto de los pájaros.
– ¿Qué les habrá pasado?
– ¿A los pájaros?
–No, mujer, me refiero a la Angelita y al señor…, ya sabes. Dicen que a ella se le destempló la voz, de tanto suspirar en brazos del amante bajo el sereno.
– ¿Y eso?
– ¡Ah, amiga! Ya sabes: eso que a la chica le entra la calentura, pilla un airón y sufre un espasmo de campanilla.
– ¿Así, de buenas a primeras?
–Más bien «de primeras», diría yo. En vez de tratar a la mujer con jeito, va el muy bruto, la escarrancha y la desvirga al estilo bárbaro, sin ese miramiento que hay que tener con las doncellas.
– ¡No me digas!
– ¿Y si te dijera que se la enhebró a cuatro patas a la sombra de un guayabero? La muchacha se deshacía en gemidos de tal manera, que los gatos salían espantados como si se los llevara el diablo. Y en esas que la mujer arranca un alarido, se le deshilvanan las cuerdas de la voz y… ¡Aquel día la pobre perdió el habla!
– ¡Tremenda brutalidad!
– «¡Tremendo fornicio!», me dije yo. Había que ver a ese tunante en pleno trajín, con el culo hecho un panal.
–Dicen que al hombre que recibe picadas de abeja en salvas sean las partes, se le aprieta el culo y se le endurece el aguijón.
–En tal caso, a más de uno con flojera…, le convendría ir a por miel.
…
Empujadas por un afán incontenible de meter las narices allí donde olían a enredo, las comadres confianzudas le preguntaron a Romualdo por la repentina mudez de María de los Ángeles.
– ¿Qué le pasa a la Angelita que ya no habla? –quiso saber una vecina.
–No es que no hable –respondió el señor, distante–. Simula que no oye por no responder a impertinencias.
Romualdo y Angelita vivían su romance a espaldas de Facundo Rocío y a la vista de todo Tacande. El cabrero no veía, tampoco escuchaba, quizá porque se sentía en deuda con el señor o porque aún no se había ejercitado en la habilidad de escrutar silencios. En cuanto a su hija, las vecinas comentaban que aunque había perdido la voz, al menos conservaba la vista, a juzgar por los destellos que se desprendían de su mirada. Con los ojos bien abiertos y el pensamiento en flor, Angelita se entendía con Romualdo sin despegar los labios. «Cuando dos se entienden, con uno que hable basta», decía el hombre sin reparo. Entonces ella sonreía, sin echar de menos la palabra. (…)
Capítulo de Tacande. XXIV Premio de Novela Benito Pérez Armas.
