(…) En el día de la buena nueva no hubo jolgorio ni albricias en casa de los Sanfiel. Había nacido un niño que pasaba todo el día llorando, en un lugar donde solo se oían las voces de las Rosas acallando silencios. Al cabo de unos días, Romo aún presentaba el color de las criaturas que van al limbo sin abrir los ojos. Mientras el crío se debatía entre la nada y poco más, la casa parecía enferma desde el techo hasta los cimientos: Ernestina se hundía en un marasmo afiebrado, las gemelas discutían a gritos y los capirotes habían dejado de cantar. Después del alumbramiento, solo el señor de la casa parecía acariciado por cierto aire de bonanza.
Durante una semana de inquietud, Romualdo dejó de ser considerado como un criadero de manías, para ser elevado a la categoría de enfermo sin remedio.
–¿A qué viene tanta atención ahora, cuando nadie me ha hecho nunca puñetero caso? –me preguntó.
–Hay que cuidar al zorrocloco –le respondí–. «¡Oscuros designios se ciernen sobre la vida del recién nacido! », decían las viejas comadronas.
Romualdo no entendía de dichos de partera, de zorros ni de zarandajas, pero se dejaba mimar de buen grado, como si jamás hubiera recibido atenciones de nadie. El hombre no solo se sometía al trato considerado, también aceptaba un emplasto o cualquier otra inclemencia tibia sobre su cabeza atormentada.
–Con su permiso… vamos a ocuparnos de usted como si fuera un obispo –le dijo a Romualdo una beata de confianza.
Con una bandeja de dulces entre las manos, la mujer se acercó a la cama y agregó:
–Tome unos confites, hombre de Dios. Le he preparado unas truchitas, ¡que se va a chupar los dedos! Verá como el dulce de cabello de ángel le alegra esa cara de mártir.
–Se lo agradezco, pero… –musitó Romualdo con gesto de rechazo–. No tengo el apetito para golosinas angelicales.
– ¡Qué más da! –insistió la señora–. Un dulcito no le amarga la boca a nadie.
El hombre observó la bandeja, miró a la anciana con gesto caviloso y le preguntó:
–Si el crío nació tan delicado… ¿por qué no se ocupan de él, en vez de tanto dorarme la pava?
– ¡Shsst! –la mujer se llevó un dedo nervioso a los labios y lo hizo callar–. No debe mentar a la criatura, señor. Quien se mire en el niño no debe celebrar su suerte. Diga que el crío es repugnante como un ratón malparido, feo como un pecado… ¡qué sé yo! No despertemos los celos del mal. ¡El zorrocloco debe comportarse como un pararrayos!
– ¿Cómo un para… qué? –inquirió Romualdo, desconcertado.
–Como un pararrayos, ya me entiende –insistió la anciana con voz queda–. Si se desatara una tormenta de mal agüero en esta casa, usted debería ser el paraguas.
En los días delicados del puerperio las visitas más dispuestas acudían solícitas desde horas tempranas. Mientras yo me ocupaba de la madre y del recién nacido, Irene atendía a Romualdo y cumplía con algún mandado. Las Rosas y las comadres pasaban el día entre fogones, entregadas a un parloteo sin medida. Mientras charlaban las mujeres preparaban comidas suculentas, mermeladas y confituras. Más que a atender a Ernestina y a cuidar del niño, todo el quehacer de la casa parecía orientado a agasajar al zorrocloco, como si fuera un invitado.
Al mediodía las damas postineras disponían vistosas viandas en fuentes bien lustradas, se alineaban en ordenado séquito y se dirigían al cuarto de las siestas. A la hora del almuerzo, Romualdo aún dormitaba de puro aburrimiento. Sobrecogidas por el silencio, las señoras entraban de puntillas, con las bandejas rebosando y el corazón en un puño. « ¿Creerán esas guacamayas que se meten en la guarida de un ogro?», me preguntaba yo, extrañada. Sin embargo, a las vecinas expedicionarias les sobraba razón para alimentar temores: cuando despertaban a Romualdo en medio de un sueño inacabado, el mal genio le salía al hombre por la boca, envuelto en las peores maneras. Un día tras otro el señor de la casa sermoneaba a las mujeres, las ponía a caldo y las echaba del cuarto con cajas destempladas, cuando no a golpes de zapatilla surcando el aire.
Una mañana de domingo las gemelas me sorprendieron con una visita inesperada. Las mozas llegaron emperifolladas con sus críos en brazos, sin manos para sujetar un cargamento de bienmesabe. Las mellizas saludaron con voces cascabeleras, abandonaron a los niños en el trastero y se enredaron en la cocina. Al mediodía habían preparado caldo de pichón unigénito con yema y hortelana, alitas de paloma bravía en salsa de nueces, y aún consideraron si debían adornar el plato con una guarnición de papas nuevas.
A la hora del almuerzo yo misma dispuse los manjares sobre una fuente repujada en plata, descorché una botella de moscatel y añadí una copa de mistela para animar la comida.
–Llévale su alimento al señor –le ordené a Irene.
– ¡Pobre don Romualdo! –dijo la joven–. ¡Ha de estar malito de verdad cuando lo atienden con tanto esmero!
–No es eso –opiné.
– ¿Y a qué viene tanto agasajo? –inquirió la chica.
–Hay que mimar al zorrocloco, como si fuera un niño delicado –le expliqué–. Debemos alejar la atención del recién nacido, por si asoma la mala sombra.
– ¿Y qué tiene que ver el señor con todo eso?
–Es el hombre quien menos tiene que ver con el nacimiento, bonita. Quizá por eso, cuando los malos designios se incomodan por el despertar de la vida, siempre se ceban en la madre o en la criatura.
– ¿Y…?
–Como el zorrocloco recibe todas las atenciones y el mejor cuidado, los malos designios se confunden de persona y se meten en la cama equivocada. A menudo el hombre se vuelve majadero como un crío, así que entre una cosa y otra el mal se desorienta, se distrae de la nueva vida y se aleja, confundido.
– ¡Ah!
Irene tomó la bandeja entre las manos y echó a andar con aire dubitativo. «O sea… que el mal se aleja porque entre una cosa y otra el señor se distrae, se vuelve majadero y se desorienta como un crío», se diría la chica.
Mientras Ernestina languidecía en un diván sin abrir los ojos, el zorrocloco guardaba cama enroscado bajo una cobija, como un gusano friolero. En un continuo ir y venir, Irene cuidaba de que Romualdo no se sintiera abrumado por el tedio: le llevaba caldo de pichón al mediodía, agua de toronjil de vez en cuando, y pan negro con mermelada de ciruela o de papaya según se le antojara. Por más compotas que tragara, el hombre no lograba mover ni desatrancar su vientre obturado. Al cabo de haber pasado unos días en cama, las tripas se le habían vuelto indolentes como serpientes empachadas. A primeras horas de la mañana Romualdo soportaba la inclemencia de cólicos y retortijones, se retorcía camino del retrete y, a la hora de evacuar las viejas excrecencias, sufría una verdadera tortura. De noche apenas dormía. Las tisanas ni siquiera lo amodorraban, pero le calentaban la barriga cuando su cuerpo se alzaba insurrecto contra el mandato del sueño.
Al atardecer de un día desapacible, tras varias noches de insomnio, Romualdo me mando llamar.
–Necesito algún remedio, cuñada –dijo, cariacontecido–. Por más que aparto las preocupaciones, no consigo pegar ojo hasta bien entrada la madrugada.
Armada de paciencia, trabé la hebra con él e intenté apaciguarle el ánimo con una prédica salpicada de palabras esdrújulas. Aunque le hablé sin la convicción que debe rodear el discurso tranquilizador, sí supe adornar la voz con esa entonación cansina que induce al sueño. Mientras le hablaba del plácido letargo de los osos en invierno, le preparé una infusión de valeriana y se la di a beber.
–Tiene un sabor revirado, pero te ayudará a descansar –le aseguré.
Romualdo se llevó el bebedizo a los labios, lo probó y apartó la taza, asqueado.
– ¡Sabe a meados de gato! –se quejó.
Enseguida le retiré la tisana, sin rechistar. No le pregunté a Romualdo si había probado orín de gato por no someterlo a tensiones innecesarias. Tampoco insistí en las propiedades de la valeriana, pues sabía que, aunque deseaba conciliar el sueño, quizá no querría saber de remedios que indujeran al sopor. « ¿No será un bebedizo de esos que atontan y dejan el cuerpo que no sirve para nada?», me había preguntado con recelo en la víspera, antes de rechazar una infusión de manzanilla.
Las noches siguientes Romualdo las pasó en vela, sin las alegrías ni la disipación de antaño. El hombre se levantaba ojeroso y desgreñado al despuntar el alba, le procuraba alivio a la vejiga, tomaba una escudilla de leche cruda, y regresaba trastabillando a la cama. Rendido al calor del desayuno, el hombre emprendía unas canónigas que le duraban hasta el mediodía. Por no perturbar el reposo mañanero del señor Irene entraba sin ruido, corría los visillos y dejaba el cuarto sumido en penumbra.
Al atardecer, la presencia de Irene iluminaba la oscura quietud de los pasillos; su andar desataba un suave ondear de cortinas; su voz refrescaba el aire avejentado de las estancias vacías. Mientras Irene vivificaba la casa, yo repartía mis desvelos entre la aflicción de Ernestina, la quejumbre de Romualdo y el llanto del recién nacido. Aun lamentando la apabullante atención que recibía, el señor de la casa no dejaba de reclamar cuidados, como si se hallara en ese trance de incertidumbre en que el enfermo duda entre si debería llamar al médico o al cura. Cuando no le dolían los ijares, se le recrudecía la jaqueca; cuando no se le calentaban las orejas, se le enfriaban las encías; cuando no se le encordaba el cuello, se le aflojaba el vientre o se le atirantaban las nalgas. A mediados de noviembre no me alcanzaban las manos para atender tanta malandanza.
Una tarde subí al cuarto de las siestas a ocuparme de Romualdo.
– ¿Cómo se encuentra el zorrocloco? –le pregunté, solícita.
– ¡Bastante jodido, cuñada! –respondió él–. Tengo un movimiento en las tripas como el de un domingo de feria.
Ni aun enroscado al calor de la frazada lograba Romualdo acallar los ruidos de la barriga.
–A juzgar por esos borborigmos, andarás estreñido como un amanuense –le dije.
– ¿Cómo un qué? –inquirió él, desconcertado.
–Como un escribano –respondí–. De tanta inmovilidad al calor de la cama, hasta a los intestinos más inquietos les entra la pereza del funcionario.
– ¿La pereza del funcionario?
–Dicen por ahí que algunos escribidores aguantan las ganas de evacuar el vientre, con tal de no mover el culo del asiento.
– ¿Y eso que tiene que ver conmigo?
–No sé si tendrá que ver, pero cuando vayas a dar del cuerpo lo vas a tener crudo.
– ¿Por…?
–Cuando afloje la constipación y se te desatranquen los emuntorios, vas a obrar tan duro que vas a saber lo que duele un parto.
–No te preocupes, cuñada. Si aguanto tus monsergas podré soportar cualquier calamidad, pierde cuidado.
…
Fiel a su cometido de zorrocloco, Romualdo mostraba la entereza de un sufridor resignado. Soportar una impertinencia de más o una atención de menos, no suponía para él más que un leve contratiempo en medio de una creciente sensación de infortunio. Pese a los cuidados que recibía, Romualdo sufría unos accesos de incertidumbre que le hacían sentirse viejo y hasta condenado a una vida sin sentido. « ¡Quién te vio y quién te ve!», se decía el hombre ante los espejos, descorazonado como un moribundo. Tampoco el ajetreo de las visitas contribuían a disipar su congoja sin remedio.
Desde que recuperé las riendas de la cocina, las gemelas quedaron ociosas, se alejaron de los fogones y volvieron a menudear por los pasillos.
Tampoco las comadres daban tregua al silencio:
–Menos mal que la malandanza se ha cebado en el zorrocloco. De no haber sido por él, ¡cuánta desventura podía haber caído sobre esta casa!
– ¡Pobre señor! Se le ve tan esmirriado, tan enteco…, que mas que un cristiano en paz con Dios parece un penitente en horas bajas.
– ¡Y que lo digas! Come como un cura, vive como un rajá y se ha quedado en los huesos. Se diría que el pobre va a dar con el esqueleto en la tumba.
…
Los comentarios de las vecinas se clavaban como astillas en los oídos de Romualdo. Aun cuando cesaban las voces, un eco pertinaz le barrenaba el cráneo y encendía su cabeza delicada.
– ¡A ver si se callan esas brujas! –gritaba, desquiciado.
Al oír las rabietas vociferantes de Romualdo, las damas postineras se miraban con extrañeza y se alejaban, temerosas de la ira desatada.
Al cabo de unas semanas, la casa de los Sanfiel recuperó el pulso inane de los días de otoño. Ernestina abrió los ojos, las visitas emprendieron nuevos rumbos y los capirotes reanudaron sus trinos al alba. A medida que transcurrían las semanas el niño engordaba, adquiría buen color y aprendía a administrar el llanto según criterios de malestar impreciso, hambre o sueño. También Ernestina había experimentado cierta mejoría. Aunque permanecía ensimismada y apenas se movía, la mujer se llevaba alguna golosina a la boca, se levantaba de su diván y se asomaba a las ventanas al caer la tarde.
Un día Ernestina me confesó que mientras amamantaba a su hijo se le había aparecido un santo que había recibido alimento del seno inmaculado de la Virgen. San Bernardo se llamaba aquel visitante, como el patrono de los montañeros y como esos perros lanudos que auxilian al caminante descarriado. Según aseguraba Ernestina, el santo mamón había tomado leche bendita, no por mero capricho sino como premio a su fervor por la Virgen Santísima.
–Mientras le daba de mamar a la criatura, el beato me miraba con la boca abierta, con un desconsuelo que partía el alma –dijo, conmovida.
Aunque en cierta ocasión Ernestina me aseguró que San Bernardo rechazaba el velete y la leche de cabra, jamás llegué a saber si mi hermana al fin cedió a la debilidad de aquel lactante, ya tan crecido y dotado de dientes.
Aun sin escuchar voces mortificadoras, Romualdo respiraba aires de mala sombra, no tanto porque se le oscureciera el aliento, sino porque aún recordaba sus privilegios de zorrocloco, cuando ya había pasado el tiempo de incertidumbre. Una vez despejados los temores de malaventura, Romualdo salía del cuarto de las siestas, se dejaba ver por la cocina y almorzaba en soledad. Durante unos meses anduvo el hombre apartado de bares, parrandas y queridas, aborreció el caldo de pichón y no quiso oír hablar de mejunjes ni de santos remedios. «Hay que privarse de tarde en tarde para cobrar nuevos bríos», le oí decir. Pero si las privaciones le avivaban algún ardor, también le causaban cierta desazón. Ni aun recibiendo las atenciones debidas a un rey, se libraba Romualdo de sus tribulaciones de viejo atormentado.
Pasado el destemple del señor, las estancias recuperaron sus vacíos, se disiparon los temores y, al cabo de unos días, en los pasillos se oyó una voz nueva. El crío de los Sanfiel lloriqueaba como si no le moviera otro afán que hacer olvidar su primer silencio. Ernestina pasaba las noches meciendo al pequeño, le hablaba del coco que se lleva a los niños que no duermen y lo arrullaba con un canturreo, cuyo arrebato, lejos de apaciguar al mocoso, enardecía su llanto hasta convertirlo en un berrear sin remedio. Noche tras noche Romualdo se veía dando tumbos en la cama, con las manos en las orejas y la cabeza escondida bajo la almohada.
Al cabo de unas semanas de mal dormir, Ernestina decidió poner a su hijo en manos del médico. Don Manuel Morera se presentó en la casa de los Sanfiel, al caer la tarde. Ernestina recibió al doctor con el ansia enfermiza de quien espera un milagro. Aunque iba enfundada en una bata de tonos pálidos, su rostro ojeroso y el cabello suelto realzaban su aspecto demacrado.
–Pase, don Manuel. Nos preocupa ver al niño tan débil –dijo Ernestina con voz queda.
El médico siguió los pasos de la mujer, se lavó las manos en una palangana dispuesta para la ocasión, y entró en una estancia umbría de puertas acristaladas. Irene se hallaba de espaldas, sentada ante una cuna de barrotes torneados. Con voz cantarina, la muchacha musitaba un arrorró de esos que en vez de tranquilizar a los niños, los alteran o despiertan en ellos una tristeza inexplicable. No obstante, el crío dormía relajado, ajeno a la menor inquietud. «Se habrá quedado traspuesto debido al tedio que adormece a quien escucha sin entender el significado de las palabras», me dije.
–Ahora descansa –musitó la madre, asomándose a la cuna–. Llora todo el día como un penitente y al fin acaba rendido, de tanto irse en lágrimas.
–A decir de los entendidos, ese sueño solo se da en los peces que viven en aguas mansas –intervino Irene.
En el rostro de don Manuel se dibujó el gesto de estupor de quien jamás ha oído hablar del sueño de los peces. Ajena al comentario de la chica, Ernestina se inclinó sobre el niño, le acarició el rostro y separó las mantas que cubrían su cuerpecito desvaído.
Mientras el doctor se entregaba a un reconocimiento minucioso, mi hermana le hablaba de fantasías de color violeta, iluminadas por piedras extrañas. Indiferente a todo comentario, don Manuel parecía centrado en la observación del niño dormido. A juzgar por la severidad de su gesto, el médico debía de escuchar latidos sorprendentes a través de los tubos que le colgaban de las orejas. Quizá oía redobles de tambor, arrullos de codorniz, retumbos de avalancha…, o quién sabe qué otras reminiscencias extrañas.
– ¿Cómo lo encuentra? –preguntó la madre, preocupada.
Don Manuel se perdió en digresiones crípticas, cuyo significado apenas arrojaba luz sobre el modesto entendimiento de una madre. Eludiendo el dramatismo que encierra el hecho de mentar el corazón de un niño, el médico le explicó a Ernestina el padecimiento de su hijo.
– ¿Entonces eso significa…? –preguntó la mujer.
–Se trata de una malformación de nacimiento –dijo el doctor, rebuscó unas palabras y añadió: «El crío vino al mundo con el corazón sano pero… con un huequecito aún por cerrar, digamos… inacabado. La sangre impura escapa por ese pasadizo, y aflora con ese tono azulado en la piel y en los labios».
–Aquellos sueños… –musitó Ernestina, ensimismada–, debían de ser premonitorios. Aún antes de la preñez, tuve unos sueños de color violeta que…
–Eso no tiene nada que ver –la interrumpió el médico, tajante.
– ¿Y qué podríamos hacer con el niño? –inquirió la madre, azorada.
Don Manuel recogió sus cosas con parsimonia, se acercó a Ernestina con ademán dubitativo y le habló de la posibilidad de realizar una operación delicada en un hospital lejano. Alzando las cejas bajo los pliegues de la frente, el doctor se encogió de hombros y añadió:
–Como el trastorno tampoco es cosa del otro jueves, bien se podría esperar un tiempo y ver cómo evoluciona el crío.
Ya ante la puerta del salón, don Manuel Morera estrechó la mano huesuda de Ernestina, esbozó una leve inclinación y le dijo:
–Cuide a su hijo, enséñelo a cuidarse y dedíquele atenciones de madre. Tan pronto como el muchacho atienda a razones, quizá debería aconsejarle que ande con prudencia por la vida.
Al cabo de unos días el niño de los Sanfiel aprendió a llorar por gusto, en seis semanas aprendió a sonreír y en unos meses ya se entretenía con juegos solitarios. Cuando Romo aún no había cumplido un año, todo su entorno cercano parecía haber olvidado que el pequeño había venido al mundo con cierto desarreglo escondido. (…)
Fragmento de Tacande. XXIV Premio de Novela Benito Pérez Armas.

